Alejandro Vega Blog

Vamos ordenando esos cristales rotos, que algo se puede rescatar de nuestros recuerdos.

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Lagrimas y Risas

AutoRetrato

…Al ver mi interés, me invitó a entrar; sacó un álbum encuadernado en cuero y me enseñó una fotografía de la madre de Demian. Yo apenas la recordaba. Al ver la pequeña fotografía, mi corazón casi dejó de latir. ¡Era la imagen de mi sueño! Era ella, la gran silueta de mujer, un poco masculina, parecida a su hijo, con rasgos maternales, rasgos de sinceridad, rasgos de profunda pasión, bella y atractiva, bella e inasequible, demonio y madre, destino y amada. ¡Era ella!
Me sentí traspasado por un asombro salvaje al descubrir que mi imagen soñada vivía sobre la tierra. ¡Aquella mujer que llevaba los rasgos de mi destino existía! ¿Dónde estaba? ¿Dónde?…

… Miré en torno mío y en seguida me sentí trasladado a mi sueño. Arriba, en la pared de madera oscura, sobre una puerta, colgado en un marco negro y protegido por un cristal un cuadro muy conocido para mí: el pájaro con la cabeza amarilla de gavilán, saliendo del cascarón del mundo. Emocionado, permanecí inmóvil; sentí una extraña alegría mezclada con dolor, como si en ese momento todo lo que había hecho y vivido hasta ahora volviera a mí en forma de respuesta o consumación.
Como un relámpago pasó ante mis ojos una multitud de imágenes: la casa paterna con el viejo escudo de piedra sobre el portal; Demian, aún un chiquillo, dibujando el escudo: yo mismo, también un niño, bajo la nefasta influencia de mi enemigo Kromer; yo de joven, en mi cuarto de colegial, dibujando en mi mesa el pájaro de mis sueños con el alma enredada en la red de sus propios hilos. Y todo lo vivido hasta este momento resonaba en mi interior, era aceptado, afirmado y aprobado.
Con los ojos llenos de lágrimas contemplé mi dibujo y me encontré leyendo en mi propia alma. Bajé la mirada: bajo el dibujo del pájaro, en el marco de la puerta abierta había aparecido una mujer alta, vestida de oscuro. Era ella.
No fui capaz de articular ni una palabra. La hermosa y respetable dama me sonrió con un rostro que, como el de su hijo, no tenía edad e irradiaba una viva voluntad. Su mirada era la máxima realización, su saludo significaba el retorno al hogar. En silencio le tendí las manos. Ella las tomó con manos firmes y cálidas.
-Usted es Sinclair. En seguida le he reconocido. ¡Bienvenido!
Su voz era grave y cálida. Yo la bebí como un vino dulce y, levantando los ojos, los dejé descansar en sus rasgos serenos, en los negros y profundos ojos, sobre la boca fresca y madura, sobre la frente aristocrática y despejada que llevaba el estigma.
-¡Qué dichoso soy! -le dije, y besé sus manos-. Me parece haber estado toda mi vida de viaje y llegar ahora a mi patria.
Ella sonrió maternal.
-A la patria nunca se llega -dijo amablemente-. Pero cuando los caminos amigos se cruzan, todo el universo parece por un momento la patria anhelada.
Expresaba así lo que yo había sentido en mi camino hacia ella. Su voz y también sus palabras eran muy parecidas a las de su hijo y, sin embargo, diferentes. Todo en ella era más maduro, más cálido y más natural. Pero lo mismo que Max nunca dio la impresión de ser un chico, tampoco ella parecía madre de un hijo mayor: tan joven y dulce era el resplandor de su rostro y de su pelo, tan tersa y lisa era su piel dorada, tan floreciente su boca. Se erguía ante mi más grandiosa que en mi sueño; y en su proximidad era la felicidad, su mirada el cumplimiento de todas las promesas.
Esta era, pues, la nueva imagen en la que se mostraba mi destino; no severa o desoladora, sino madura y sensual. No tomé ninguna decisión, no hice ninguna promesa; había llegado a la meta, a un mirador desde el que el camino se mostraba amplio y maravilloso, dirigido hacia países de promisión, sombreado por los árboles de la felicidad próxima, refrescado por cercanos jardines del placer. Ya podía sucederme lo que fuera; era feliz de saber que esta mujer existía en el mundo, feliz de beber su voz y respirar su proximidad. Que se convirtiera en madre, amada o diosa, no importaba, con tal de que existiera, con tal de que mi camino condujera cerca del suyo.

Demian. Hermann Hesse, 1917

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